LA PRÓXIMA SEMANA
(1997-2002)
Cada semana trascendía esa alegría, esa casi interminable alegría de los aplausos, entregándose en aquel sitio que a veces me parecía lejano [cuando la algarabía era para mí algo que debería tener su hogar en el pasado], en el lejano pasado. Imagínate, como los muertos, o algo así. Pero inevitablemente todo revivía cada semana pro el transcurso de la noche, el viernes, el sábado, incluso hasta el domingo. En fin, para que después todo ese fandango exagerado de la fiesta se volviera una tumba que había sido colocada pro las mismas personas que en ella se había extasiado de placer hilarante. Ahora comienzo a sentir verdadera admiración por todas esas cosas de la naturaleza, que viven en ella, que son parte de ella, que son ella misma, y que se contraponen y como una sin la otra, no son lo que son.
De pronto se abrió la puerta de entrada, las personas salían casi atropellando a las demás personas que iban delante de ellos. Todos salían con la misma expresión en el rostro, como si salieran de una máquina innovadora inventada para hacer que la diversidad de todas aquellas figuras humanas se parecieran en la medida de lo posible. A veces salían con gestos de alegría, de satisfacción, incluso muy complacidos.- en otras ocasiones en cambio, salían con el rostro perdido por el suelo, buscando algo, o quién sabe qué en realidad. Tal vez buscaban una lágrima que habrían perdido al entrar y ahora necesitaban con urgencia para no perder ese remoto equilibrio que tenía sus vidas.
Apareció una pareja, casi separados, sus expresiones y su caricia mientras seguían tomados de la mano, no parecía que fuera un gesto de mutua pertenencia, sino de encadenamiento involuntario por ambos lados, pero que parecía casi sin solución. Se movían desorientadamente hacia el corredor, no tenían la apariencia de que les hubiera gustado la función, más bien era una expresión de estar totalmente vulnerables a lo que después del regreso a sus vidas podrías esperarles al despertarse frente a frente, sin más tiempo para dejar pasar toda su vida por sus ojos.
Todo eso para mí no era en realidad muy importante. La próxima semana vendrían de nuevo, tal vez no hayan solucionado hada para entonces, pero vendrían igual, y quizá en esta ocasión salgan derramando carcajadas, que hoy dejaron en otro lugar, o ya las malgastaron. La gente seguía pasando. Siempre que la gente salía de la función, por la costumbre de mirarlas salir, había acostumbrado a mis sentidos a verlos casi infinitamente. Y aún después de que hay había sido el último de ellos, mis mojos jugaban haciéndome creer que esa fila nunca terminaba, espejismo hasta que mi compañero me tocaba el hombro.
Pasaban y pasaban. En ocasiones me tomo a mano limpia un cigarrillo antes de que todas las personas salgan de la función, cinco o diez minutos antes del final de la función, pero todo depende del día y del humor de los actores, después de la tercer representación del día, se ponen bien quisquillosos.
Como no era permitido fumar en los pasillos del teatro, me metía en el camerino de algún actor, y ahí, mientras pretendía, poseer mi trasero el sello de un apellido reconocido en el mundo del teatro, y pretenciosamente me digería el cigarrillo, sentado en silencio. Encendía los focos que acostumbraban iluminar todo el perímetro del espejo, frente al cual se maquillaban los actores antes de la función. Apagué la luz de la habitación y dejé solo la del espejo, y el humo que salía del cigarrillo contrastaba reflejado en el espejo y por la luz parecía una estela esmerilada y delicada, aunque la luz era escasa porque algunos de los bombillos del espejo se habían quemado,. Y así el humo parecía arrebatar sombras de una inestable penumbra sobre mi rostro y mis labios. Por momentos me parecía algo tétrico verme en ese espejo, pero no creía que esto fuera tan real. Esa imagen me parecía sólo una ilusión temporal. Igual a las que corrían en las noches por mis sueños.
Y no pasaron más de cinco minutos en lo que fumé el cigarrillo, sin entender el asunto ví como un actor entraba en el camerino.
-¿Qué haces aquí? –Pregunta, tenía el aspecto demacrado como los muertos antes de embalsamarse-.
- Nada –Fue lo que respondí. Mientras machucaba la colilla del cigarrillo que había dejado caer un segundo antes de que el actor entrara. Restregaba con la suela del zapato el sitio donde había caído la colilla, el actor, se quedó mirándome con un semblante peor que el de un sargento enojado y me recriminó “tú no tienes derecho de estar aquí, que yo sepa tú no eres parte del reparto, así que te largas en este momento, antes de que me queje y les diga que me estabas robando”.
-Yo… ¿robándole? –Le dije con más asombro, del que me había causado su aspecto cuando me iba a sorprender fumando-.
-Claro que sí, ¿qué te crees? Que voy a permitir que estés aquí, dejándote entrar a donde se te antoje, o te dé la gana. A todos les debes respeto, porque sabes que si le doy la noticia de lo que pasó al dueño, te despiden de inmediato.
No le contesté. Le di un último restregón con la suela del zapato a la colilla, y apagué la luz del espejito-espejito. El actor estaba de pie justo en el umbral de la puerta, por lo que me era casi imposible pasar sin encontrarme de nuevo con su mirada frente a frente [ojos negros que parecían llorar sangre], cuando estuve frente a él, levanté la mirada y vi esa leve sonrisita en sus labios demostrándome su desprecio, y que bien habría merecido un puñetazo.
-Con su permiso… agregué, para no complicar más el asunto. Se hizo a un lado de la puerta y me permitió pasar, no sin antes decirme justo cuando pasaba a su frente, en el oído derecho “te conviene que me hagás caso…”-. Volteé mi rostro había el corredor y seguí caminando indiferente a las palabras que había dicho. Miré mi reloj, eran ya las nueve con cuarenta y cinco minutos, era justo el momento cuando la función llegaba a su fin. El susto que me dio el actor, según supe, fue porque el tercer acto se adelantó unos minutos por cuestiones que según creían algunos de mis amigos, eran por compromisos de los actores con otros espectáculos, aunque en realidad tenía que ver con un anónimo, de esos que llegaron desde el estreno de la obra.
Cuando llegué al vestíbulo, casi ya todas las personas habían salido de la sala y sólo unos cuantos cuchicheaban alguna broma acerca de la obra, cerca de la entrada. No parecían ni muy bien ni muy mal, seguramente la representación estuvo regular. Hace tiempo que no hacen algo decente en el teatro.
-Muy buenas noches caballero. –Me dijo un hombre vestido elegantemente, al pasar frente a mí rumbo a la salida al parqueo-.
-Muy buenas noches, que le vaya bien- -Le respondí, pero al parecer, más que por cortesía, me lo había dicho por costumbre suya; porque noté que a los demás les hablaba de igual manera, y con el mismo don de elegancia, pero no esperaba a que la respuesta del saludo llegara a sus oídos, seguía su camino casi indiferente como si no hubiese saludo a nadie, o quizá…
No sentí mayor preocupación por el asunto de ese señor que saludaba de forma rara, la verdad estaba más extraviado pro el problema con el actor, para quien el respeto que yo podía sentir por las personas, según él no existía. Pero mientras lo sucedido se repetía continuamente en forma instantánea por mi cabeza, mira que acusarme de robarle…, de robarle ¿qué? Porquerías de cosas que tienen. ¿Qué de bueno pueden tener ahí? Nada. Y mientras continuaba mi pensamiento entrelazando la palabra “robar” con las que primero se cruzaban, no me daba cuenta de que ya casi todas las personas se habían marchado, y mientras seguía inconsciente casi besando la pared mientras permanecía en los devaneos de mi cabeza, hechizado; todo un alelado, me dijo un amigo después de verme en ese instante. Todos mis compañeros y amigos realizaron la limpieza de la sala y recogieron cuanta cosa se podía haber caído a las personas que hoy asistieron a la función. Mis amigos, condescendientes conmigo, no me perturbaron en ese instante, y me llamaron la atención hasta que ellos ya habían terminado con la limpieza. Al darme cuenta de so, no tuve otro remedio que seguir mi camino a nuestra “oficina”. La “oficina” en realidad era el cuarto del fondo del pasillo donde mientras era una bodega de utilería y otras cosas, también servía para que nosotros, es decir, mis amigos y yo, nos sirviera de vestidor. Y casualmente nuestra oficina estaba a cinco metros del camerino que usaba el actorcito. Lo malo de esta noche apenas comenzaba porque justamente cuando me quitaba el uniforme, para ponerme mi ropa de diario, uno de mis amigos me reclamó la razón por la que no había hecho la limpieza de la sala junto a ellos. Y cabal cuando tenía los pantalones a medio camino, instantes después de que mi amigo había terminado su reclamo, entró sin avisar el actorcito, y al notar a mi amigo con el calzoncillo al viento, disimuló muy bien como en el momento de hallarme casi in fraganti en su camerino. Mi amigo no sabía cómo salir del bochorno en el que se sentía encerrado, sin alcanzar a subirse el pantalón porque sufría un temporal congelamiento de los mecanismos de defensa ante el ridículo, porque era algo muy singular ver a un actor entrando en nuestra oficina, que sinceramente carecía de mucho espacio.
-¿Qué desea? –Le pregunté al actor, apresurando la vergüenza que se iba acumulando sobre los pómulos de la cara de mi amigo. El actor tardó un poco en reconocerme lejos del alcance del pálido bombillo que nos iluminaba todas las noches.
-Ah, ahí está, podría hablar con usted, afuera en el pasillo… -Dijo el actor sin detenerse a esperar a que le respondiera, y concluyendo así el lapsus de congelamiento que sufría mi amigo.
Pero antes de salir, me cambié muy lentamente de ropa, obligando al actor a esperar lo suficiente como para desesperarlo. Y antes de que yo saliera, salió mi amigo, no sin avisarme de que en la próxima función yo me encargaría de hacer la limpieza sin la ayuda de ellos. Nada asombrado de la orden porque era una orden y no una oferta, la acepté casi indulgente. Y seguramente mientras yo estuviera limpiando la sala, ellos estarían aquí en la oficina tomándose unas cervezas.
Mis dos amigos frente al actorcito, dando las respetuosas buenas noches y no sin antes esperar la respuesta, porque ellos son de los que creen todavía de que lo que das, debes recibir. Cuando el actor respondió su saludo y despedida al mismo tiempo, siguieran cada uno su camino al descanso. Al salir de la oficina cerré con llave, y la guardé en mi bolsillo, mientras el actor me observaba impávido de la espera.
-Mire, solo quiero decir que no era mi intención ofenderle, pero sólo puedo reconocer que usted no estaba robando nada, es que en la presentación un conocido mío armó un escándalo que me puso los nervios de punta. Y ya ve, cancelamos la función, no se devolvieron los boletos porque casi estábamos al final, y no sé al verlo a usted en el camerino. Ya lo vio usted. –Dijo secamente. Sin perder la expresión de seriedad de su rostro, casi forzando la mirada hasta un punto de furia estable-. Pero quiero aclararle, que tampoco es de lo más correcto que usted entre en los camerinos. Porque pueden pasar muchas cosas y usted menos que nadie debe estar en algún entredicho en estos momentos. Así que muy buenas noches y con su permiso.-El actor caminó rápidamente hasta su camerino para terminar de quitarse el maquillaje-.
Ni siquiera me dio tiempo para responderle nada más que “buenas noches”.
No me preocupó averiguar si me había escuchado responderle, y seguí por el pasillo hacia la salida del teatro, me despedí de quienes esperaban en el vestíbulo, algunos de ellos, actores, tomando nota de lo que había sucedido y aclarando sus molestias, además del ayudante de la tienda y el boletero, y por último, como centro d ela reunión informal, el director de la obra, también actor morien. Cuando me dio que iba de salida, me detuvo con una señal de su mano para que regresara a donde tenían su reunión. Me acerqué a donde él se encontraba y sólo lo había hecho para aclararme que me necesitaba temprano el día de mañana. Porque quería que le ayudara a corregir ciertas cosas en el decorado del escenario, que casi estaban por caerse. Afirmé a su solicitud con rapidez, “estaré temprano, no se preocupe…”, incluso una hora y media antes de la hora acordada, y me despedí.
Al cruzar la puerta del teatro, hacia la calle, escuché el silbido débil que me anunciaba el clima frío y borrascoso de la noche. En ese preciso instante sentí dentro una duda, una duda incomprensible, sin causa verdadera, sin relación alguna con algo que fuera realmente importante para mí, ¿porqué aquel actor está en este teatro? No me parecía alguien nuevo. ¿No es muy conocido? Su nombre, ni siquiera había sido mencionado por el director como alguien de verse bien, además, ¿cuál era el nombre de ese actor? Pensé regresar con el director a preguntarle, seguramente todavía no había ido, y aún me encontraba parado en la calle frente a la puerta del teatro. Pero preferí evitar complicaciones, no fuera que el director le mencionase mis dudas al actor, y éste ofendido por mi supuesta ignorancia de su trayectoria y fama en el medio, le contase lo sucedido en el camerino. Era mejor no volver a ese camerino cuando sintiera ganas de fumar, la oficina será lo mejor para seguir mis inevitables costumbres.
Inicié a dar los pasos que lentamente dejaban de un lado esa rotonda donde la historia se había consagrado como un monumento, y metros más adelante, aquella iglesia tricentenaria donde la magnitud de Dios es toda una realizad arquitectónica. Esta iglesia pro las noches me parecía un castillo en miniatura donde vivía una princesa virgen, casi inimaginable, que vagaba por la pequeña capilla de oración donde todos sus pensamientos se transformaban en imágenes de una luz transparente, que acariciaban lentamente todas las formas de la madera tallada, el retablo y los santos casi desconocidos de esa eternidad. Imágenes que en la oscuridad de la capilla subían hasta el cielo, descansaban en la cúpula principal y después descendían sobre el cristo crucificado que permanecía protegido por el fuego, la luz aceite de los enormes cirios. Todas las noches que pasaba frente a la iglesia, siempre me detenía por unos segundos para admirarla, y siempre me provocó la misma impresión, la ocridad de ese color tulipán en su fachada, me hacía sentir bien, por las noches ver esa iglesia era algo maravilloso, único. Pero cuando Franco, el nuevo actor, pasó a mi lado son su auto, sonando la bocina, me desconcentró y me dieron ganas de maldecirlo. No sólo la función se había arruinado por que precisamente un su amigo armó un escándalo durante el tercer acto, sino que después me llega con la queja de que Arnaldo se anda metiendo en su camerino, ni que fuera eso cosa del otro mundo, como si no supiera que el otro tiene que limpiarle todas sus suciedades a diario. Como no podía dejar pasar de largo esta situación, le ofrecí que hablaría con Arnaldo sobre el asunto, pero no lo haré, porque aquel tiene mucho tiempo trabajando con nosotros, y este Franco apenas va a cumplir un mes de acompañarnos en escena. Aún no conoce como funcionan las cosas. Arnaldo no es mal tipo, es bastante inteligente, por eso me ayuda con el decorado, porque es creativo, y lo que me resulta más grandioso de este asunto es de que Arnaldo ni papas de estudios sobre lo que es este rollo del teatro, todo se lo aprende de ver cómo se hace, y no sólo lo hace bien, sino que lo mejora, lo que es peor para los demás porque los hace, corrijo, nos hace quedar en ridículo. Pero es bueno eso de vez en cuando, para que no se le suban los humos a nadie. Porque siempre les digo que somos un equipo y que sino actuamos como equipo vamos a arruinar todo el trabajo por nada. Y arruinarlo en teatro es la desgracia asegurada. Pero siempre hay alguno que se sube al animal y ni siquiera se quiere bajar para darle de comer y eso tampoco es así, porque el único que puede hacer eso soy yo, porque soy el director, pero ni siquiera yo lo hago. En fin, estaba tan bien admirando la iglesia que no sé porqué razón comencé a pensar en la rutina del teatro, sería porque no puede uno sacarse el trabajo de la cabeza así como así. Seguramente es por eso, porque el teatro me gusta, pero no soy tan tan capaz de ahogarme por éste. De alguna forma siempre hacía algo que se pudiera vender par ano sufrir demasiadas pérdidas como las que tenían otros directores montando obras de esas que la gente mira sólo una ocasión al año para no sentirse muy agobiadas, por esa extraña catarsis de su conciencia real en el mundo. Arnaldo no entiende muy bien estos asuntos, igual cuando se los intento explicar, el trata de hacerse el que comprende, al final siempre me dice que esos temas y el de los números no fueron hechos para él, lo suyo es la decoración, la dimensión de las formas en el espacio, bueno, no lo decía precisamente con esas palabras, pero se daba a entender, que al final de cuentas era lo más importante. Para mí lo mejor de cada día era este momento, cuando nadie interrumpía la contemplación nocturna de aquel espacio de centenaria soledad.
UTRILLO
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jueves, 5 de mayo de 2011
LA NUEVA HELIÒPOLIS
LA NUEVA HELIÓPOLIS
(1999-2002)
“Esos hombres sin esperanza ni futuro, ni visitas recibían;
sus mujeres eran las primeras en abandonarlos.
Ellas y sus hijos necesitaban comida y protección
y eso significaba conseguir otro hombre.”
Adultos 3
Leonor Paz y Paz
Desde que compramos la casa nunca habíamos enfrentado ningún tipo de problema con ésta. A mi esposa siempre le pareció una lindura, Shue no dejaba de repetírmelo con dulzura mientras conversábamos en la cama. Nuestra casa se ubicaba en la primer curva de ingreso a la colonia residencial, si alguno de nuestros amigos decía que no la conocía sólo necesitábamos indicarle que se encontraba frente al poste de la luz, para que la reconocieran inmediatamente al entrar a la colonia. Cuando compramos la casa tenía un espacio de jardín al lado de donde podíamos estacionar el auto, pero con el tiempo fuimos ampliando la construcción del frente de la casa hasta que el jardín pasó a ser una plancha de concreto donde estacionábamos el auto y el espacio de parqueo anterior, se transformó en una habitación donde instalamos la sala, Shue prefiere llamarla living.
-Khefren, ¿no has pensado que necesitamos un poco más de espacio? –Dijo Shue, mientras miraba de reojo cómo su esposo estacionaba el auto-.
-¿Qué quieres decir? –preguntó Khefren, perdido en los compromisos del trabajo pendiente para mañana-.
-Ulises necesita más espacio, no ves que ya no cabe en su dormitorio.
-¿En serio? No sé tal vez, si lo necesite. ¿Pero ya te imaginaste todo el trabajo que tendríamos para mudarnos a otro lugar? –Le respondió a Shue mientras los dos bajaban del auto. Ella lo miró con cierta incertidumbre, intentando recibir más detalles del asunto-.
-Pero no creés que lo tendremos que hacer tarde o temprano. El ya no es un niño, y nosotros tampoco estamos muy cómodos aquí de todas formas –Shue entró a la sal, dándole al espalda por unos segundos mientras encendía la luz de la habitación, para voltear después a verle después de revisar el correo que habían recibido-. Ahora ya no trabaja tan cerca como antes, si no es porque ahorras en los gastos, bien podrías gastarte el dinero sólo en combustible para llegar hasta tu trabajo. Mirá ahora que él ya está más grande lo podemos inscribir en otro lugar, se adaptaría rápidamente, y podríamos encontrar un lugar que quede cerca de tu trabajo y de donde él estudie.
Khefren extendió su mano derecha para recibir como de costumbre, todos los sobres que llegaban por cuestión de pago por servicios, esta ocasión no los examinó como lo hacía siempre, sino que los guardó dentro del saco y buscó en la cocina dos tazas para tenerlas listas con el café en polvo mientras el agua comenzaba a calentarse sobre la hornilla de la estufa, y después regresó al living, donde Khefren, sentado en el sofá, revisaba las noticias del periódico.
Shue no tenía muchas ganas de sentarse al lado de Khefren para acompañarlo a ojear el periódico, inexplicablemente prefería permanecer de pie mientras aguardaba a que el agua estuviera lista para servir el café.
- ¿Qué te sucede? –Preguntó Khefren, al mirarla de pie, en el umbral de la puerta que conducía a la cocina-. ¿Hablás en serio acerca de la mudanza?
- Así es –dijo Shue, en un movimiento de labios que pareció no pertenecerle, doblándose las manos y escondiéndoselas en la espalda-. Necesitamos otro lugar. No sólo por tu trabajo, tampoco sólo por Ulises, también por nosotros.
Khefren cerró el periódico y lo colocó en la mesa de noche que tenía a su lado. Guardó silencio mientras fijaba los ojos en su esposa, veía en ella aún esa claridad de antes, transparencia de fuego que la hacía inolvidable. Shue no retiraba tampoco su mirada, tenía en su sangre una profunda necesidad porque el lenguaje no fuera necesario para explicarle lo que sentía en realidad sobre este asunto, y de pronto escuchó la reverberación del agua evaporándose en el calor de la estufa, y regresó hacia la cocina para llenar las tazas donde el café instantáneo se disolvía velozmente en los círculos que formaba la inercia del agua cayendo dentro. Entonces en esa fugaz soledad de la sala Khefren entendió lo que trata decirle Shue, se puso de pie y alcanzó a Shue en el umbral de la puerta de la cocina, cuando le llevaba su café. En el momento que Khefren tomaba la taza caliente en sus manos, Shue no desvanecía de su mirada esa expresión urgente por un poco de telepatía de pareja. Ninguno de los dos se movió de ahí, en silencio sorbieron un poco del café para estimar la temperatura de la bebida, sin dejar de mirarse. Khefren sonrío por inercia, y a ella le pareció algo sin explicación, porque sintió revivir su ansiedad original cuando lo conoció. Comprendía con gran facilidad la intención de las preguntas que Khefren le había devuelto a su inquietud por mudarse, ella sabía que se refería a todos los trámites que deberían realizar para que todo eso que ella le pedía, en estos momentos él no podría hacerse cargo por la absorbente responsabilidad que tenía en el trabajo. Si ella deseaba realmente aquella mudanza, tendría que hacerse cargo del asunto casi en completa soledad, mientras su esposo se ocupaba de que no existieran otros inconvenientes como los económicos.
-Sabés que si se trata de hacerlo, lo podemos hacer, pero… -mientras la miraba, Khefren también buscaba esa complicidad intuitiva para explicarse con simpleza-, vos tendrías que hacerte cargo de todo el trámite. Tendrás que buscar a dónde nos mudaríamos, pero que no sea nada algo que no podamos costear, vos sabés a qué me refiero. Además, no alquilaríamos esta casa, si nos mudamos, vos entendés muy bien que tendríamos que venderla, porque a ninguno de los dos nos gusta eso de andar cobrándole a la gente por asuntos de alquiler, eso es algo que no haríamos como se debe.
Shue aguardaba sin despegar la mirada, en el silencio de sus labios nacía una afirmación que Khefren recibiría sin dejar de explicarle el procedimiento por el que pasarían para que esto sucediera. El café se había terminado en las tazas, hasta quedar en el fondo de éstas, un lívido color ocre líquido que se volvía más intenso en las orillas de la porcelana. Shue tomó la taza de Khefren y la dejó junto con la suya en el lavatrastos, mientras Khefren regresaba a la sala para abrir de nuevo el periódico, sin agregar más comentarios sobre el tema.
-Yo podría hacerme cargo sin ningún problema –dijo Shue al regresar a la sala, sentándose al lado de Khefren-. Sólo que me llevaría a Ulises para que me acompañara, así también él podría ayudarme a escoger el mejor lugar.
Khefren escuchaba lo que decía su esposa mientras seguía leyendo los titulares de las noticias, no la miraba ni siquiera de reojo para confirmarle con ese movimiento que estaba poniendo atención a lo que hablaba. Shue seguía aclarando ciertas cosas para que él no elaborara alguna intriga por desconocimiento de éstas.
-Necesitaría un poco más de dinero para sacar unos anuncios en los clasificados de inmuebles. Así sería más fácil vender el asa. ¿Qué pensás, me darías el dinero para todo eso?
-claro, ya te dije que vos estás encargadaza de esto. Yo sé que no malgastas nada de lo que tenemos. Sólo averiguá cuánto cuestan esos anuncios y me avisas para que te dé lo que necesitás para pagarlos.
Shue lo miró con tranquilidad sin que él despegara los ojos del tabloide para darse cuenta que aquellas pupilas de cristal micerino le entregaban algo más que un simple gesto de respeto. El sonido del timbre de la puerta deshizo la inmovilidad de Khefren, volteó los ojos hacia su esposa, y ella respondió a ellos poniéndose de pie, reconociendo en aquel sonido la llegada de Ulises de su visita a la casa de su amigo. Abrió la puerta que da hacía la calle y Ulises entró como una ráfaga para lanzarse a los brazos de su papá, sin recordarse de dar las buenas noches. Shue cerró la puerta sin darse cuenta de lo que Ulises había dejado de hacer, preocupada por planear y hacer los espacios que necesitaría para lograr la venta de la casa en el menor tiempo posible.
Parte de los territorios de Holanda fueron tomados de los dominios del mar por la planificación e inteligencia del hombre, con la evidente ayuda de la tecnología. Cuando el mar se dio cuenta de que perdía terreno, comenzó a buscar otros lugares para compensar sus pérdidas, así podía volver a su antiguo equilibrio que le era necesario, inherente. Así también demostró la humanidad el grado de evolución que había alcanzado con gran rapidez. Antes de que el fuego fuera fuego era sol. Y el mar fue tierra y el océano un enorme corazón. La humedad era el rostro de la tierra, y a pesar de que el incontable líquido se establecía en las superficies superiores del horizonte, ahora ya no alcanzaba a tocar el valle donde el sol se detenía en una paulatina metamorfosis de color y aroma. Tal vez ya había sucedido esto antes, tal vez no, la certeza no podría ser afirmada por una memoria fundada en la referencia relativa de la propia experiencia que se heredaba continuamente sobre los sentidos de la realidad. En el origen de todas las materias, la vida misma no poseía un sexo definido para autoreproducirse, ni siquiera podría reconocerse a sí misma, ni a todo lo que la rodeaba, su estado de ausencia y presencia era una etapa vital para darse a sí misma el empujón necesario de l existencia. Quizá después se vio rodeada de formas que recién descubría dentro de sí misma, y así cobró evidencia de la realidad, y se diluyo difundiéndose en los demás elementos que la circulaban para multiplicarse formidablemente hasta alcanzar un nivel de crecimiento que poseía sentido y razón. Pero había pasado mucho tiempo desde que inició todo, y lo que había sido al inicio ya no le era comprensible y menos aún, le parecía algo respetable o digno para que volviera a él. Entonces conoció el primer momento emocional de todos, el amor por seguir evolucionando interminablemente hasta que éste mismo estado que experimentaba se transformara en algo que sencillamente había sido pasajero.
-Por cierto Ulises, ahora que te miro, ¿qué te parecería si te dijera que nos vamos a mudar?
-Que no quiero.
-¿Ah sí? ¿Y porqué será?
-Porque no quiero. No quiero mudarme.
-Pero podrías tener más espacio para tus juguetes, para pelotear.
-No gracias, mis juguetes están bien así. Y para pelotear puedo ir al campo de atrás.
-Pero si ese campo parece desierto, ya ni tiene grama.
-No importa papá, nosotros ni nos preocupamos pro eso cuando nos ponemos a jugar.
-¿Ah no?
-No.
-Mira qué novedad… pero a donde nos iríamos el campo si tendrá grama, ahí si podrías jugar de portero sin que te raspes tanto las rodillas.
-Bah… en el campo de atrás me tiro igual, un portero es un portero papá, aunque sea el campo que sea… un portero es un portero.
Cuando Khefren se levantó a la mañana siguiente para prepararse para ir al trabajo, notó que Shue se quedó dormida en la cama más tiempo del acostumbrado. No quiso despertarla, era mejor que durmiera un poco más, todos los días que madrugar al igual que él. Se preparó un taquillo de cualquier cosa sólo para llevar algo en el estómago antes de salir de la casa. Por lo regular Khefren se levantaba antes de las cinco para tener suficiente tiempo para no toparse con ningún embotellamiento en el centro de las vías principales, el sabía muy bien que si salía de su casa después de las seis el retraso por la enorme cantidad de tráfico estaba prácticamente asegurado. Durante momentos como éstos Khefren podría admirar esa leve oscuridad que iba velándose sobre el cielo que podía ver por la ventana de la cocina. En lo personal a él no le parecía que realmente necesitaran de esa mudanza de la que tanto hablaba Shue, su mujer. Si ni siquiera tendremos otro hijo, se dijo, sólo así si creería que mudarnos sería algo indispensable. Pero ella está operada, yo también, y Ulises no es tan grande como ella dice. Cuando Khefren sintió que ya tenía algo en el estómago, vio que el reloj ya marcaba las cinco, fue al baño y se baño con la rapidez de costumbre, no podía estarse preocupando por pensar en la mudanza en estos momentos, sus actividades eran todas ajustadas al reloj para salir con tiempo suficiente para llegar hasta su trabajo que se encontraba en la otra esquina de la ciudad, que ahora representaba recorrer casi quince kilómetros de calle y semáforos. Cuando ya estaba completamente vestido, salió al estacionamiento, intentó abrir la ventanita de la puerta para vera la calle, pero cuando la giró hacia adentro sólo alcanzó a ver que estaba completamente obstruida la vida pro una pared. Sorprendido abrió la puerta del estacionamiento, y descubrió que aquella pared se extendía por todo el frente de su casa, haciéndole totalmente imposible salir a la calle, ¿cuál calle? Ahora ya no existía la calle. Inmediatamente regresó por la sala, pasó por la cocina y por el patio trasero de la casa se subió al techo para ver mejor que sucedía frente a su casa. Y desde que llegó a estar sobre el techo comenzó a mirar que desde aquella pared que había visto inicialmente se extendía un techo parecido al de su casa, avanzó hasta el final de su techo, en el frente de su propia casa, y donde se suponía que debería estar la calle de ingreso a la colonia, y por las distintas bifurcaciones que ésta tenía desde esta curva, ahora eran casas igualitas a la de Khefren. Es decir que la calle no existe, que casa frente a casa, nadie podía salir por ningún lado, porque todas las paredes tapaban las puertas casi en forma interminable, y el único lugar por el que podían moverse era por el techo. ¿Cómo pudieron construir esas casas sobre al misma calle en una sola noche? ¿Nadie puede hacer tal cosa? Tendría que escucharse la maquinaria trabajando en las construcciones. Khefren se preguntó de forma casi inconciente todo lo que se podría imaginar acerca del origen de las construcciones. Algunas de las cosas que se preguntó resultaron ser ilógicas… pero estas casas construidas justamente sobre la calle de acceso a las demás, también lo eran. ¿A qué idiota se le ocurre hacer esto? No sabía si lanzar golpes sobre el techo que tenía enfrente y no sabía ni a quién pertenecía, o bajar a contarle a su esposa de esa idea de la mudanza ahora resultaba prácticamente imposible. Entonces decidió caminar sobre los techos hasta encontrar dónde podía quedar el resto de la calle, así siguió caminando por mucho tiempo, por mucho tiempo sin lograrlo.
(1999-2002)
“Esos hombres sin esperanza ni futuro, ni visitas recibían;
sus mujeres eran las primeras en abandonarlos.
Ellas y sus hijos necesitaban comida y protección
y eso significaba conseguir otro hombre.”
Adultos 3
Leonor Paz y Paz
Desde que compramos la casa nunca habíamos enfrentado ningún tipo de problema con ésta. A mi esposa siempre le pareció una lindura, Shue no dejaba de repetírmelo con dulzura mientras conversábamos en la cama. Nuestra casa se ubicaba en la primer curva de ingreso a la colonia residencial, si alguno de nuestros amigos decía que no la conocía sólo necesitábamos indicarle que se encontraba frente al poste de la luz, para que la reconocieran inmediatamente al entrar a la colonia. Cuando compramos la casa tenía un espacio de jardín al lado de donde podíamos estacionar el auto, pero con el tiempo fuimos ampliando la construcción del frente de la casa hasta que el jardín pasó a ser una plancha de concreto donde estacionábamos el auto y el espacio de parqueo anterior, se transformó en una habitación donde instalamos la sala, Shue prefiere llamarla living.
-Khefren, ¿no has pensado que necesitamos un poco más de espacio? –Dijo Shue, mientras miraba de reojo cómo su esposo estacionaba el auto-.
-¿Qué quieres decir? –preguntó Khefren, perdido en los compromisos del trabajo pendiente para mañana-.
-Ulises necesita más espacio, no ves que ya no cabe en su dormitorio.
-¿En serio? No sé tal vez, si lo necesite. ¿Pero ya te imaginaste todo el trabajo que tendríamos para mudarnos a otro lugar? –Le respondió a Shue mientras los dos bajaban del auto. Ella lo miró con cierta incertidumbre, intentando recibir más detalles del asunto-.
-Pero no creés que lo tendremos que hacer tarde o temprano. El ya no es un niño, y nosotros tampoco estamos muy cómodos aquí de todas formas –Shue entró a la sal, dándole al espalda por unos segundos mientras encendía la luz de la habitación, para voltear después a verle después de revisar el correo que habían recibido-. Ahora ya no trabaja tan cerca como antes, si no es porque ahorras en los gastos, bien podrías gastarte el dinero sólo en combustible para llegar hasta tu trabajo. Mirá ahora que él ya está más grande lo podemos inscribir en otro lugar, se adaptaría rápidamente, y podríamos encontrar un lugar que quede cerca de tu trabajo y de donde él estudie.
Khefren extendió su mano derecha para recibir como de costumbre, todos los sobres que llegaban por cuestión de pago por servicios, esta ocasión no los examinó como lo hacía siempre, sino que los guardó dentro del saco y buscó en la cocina dos tazas para tenerlas listas con el café en polvo mientras el agua comenzaba a calentarse sobre la hornilla de la estufa, y después regresó al living, donde Khefren, sentado en el sofá, revisaba las noticias del periódico.
Shue no tenía muchas ganas de sentarse al lado de Khefren para acompañarlo a ojear el periódico, inexplicablemente prefería permanecer de pie mientras aguardaba a que el agua estuviera lista para servir el café.
- ¿Qué te sucede? –Preguntó Khefren, al mirarla de pie, en el umbral de la puerta que conducía a la cocina-. ¿Hablás en serio acerca de la mudanza?
- Así es –dijo Shue, en un movimiento de labios que pareció no pertenecerle, doblándose las manos y escondiéndoselas en la espalda-. Necesitamos otro lugar. No sólo por tu trabajo, tampoco sólo por Ulises, también por nosotros.
Khefren cerró el periódico y lo colocó en la mesa de noche que tenía a su lado. Guardó silencio mientras fijaba los ojos en su esposa, veía en ella aún esa claridad de antes, transparencia de fuego que la hacía inolvidable. Shue no retiraba tampoco su mirada, tenía en su sangre una profunda necesidad porque el lenguaje no fuera necesario para explicarle lo que sentía en realidad sobre este asunto, y de pronto escuchó la reverberación del agua evaporándose en el calor de la estufa, y regresó hacia la cocina para llenar las tazas donde el café instantáneo se disolvía velozmente en los círculos que formaba la inercia del agua cayendo dentro. Entonces en esa fugaz soledad de la sala Khefren entendió lo que trata decirle Shue, se puso de pie y alcanzó a Shue en el umbral de la puerta de la cocina, cuando le llevaba su café. En el momento que Khefren tomaba la taza caliente en sus manos, Shue no desvanecía de su mirada esa expresión urgente por un poco de telepatía de pareja. Ninguno de los dos se movió de ahí, en silencio sorbieron un poco del café para estimar la temperatura de la bebida, sin dejar de mirarse. Khefren sonrío por inercia, y a ella le pareció algo sin explicación, porque sintió revivir su ansiedad original cuando lo conoció. Comprendía con gran facilidad la intención de las preguntas que Khefren le había devuelto a su inquietud por mudarse, ella sabía que se refería a todos los trámites que deberían realizar para que todo eso que ella le pedía, en estos momentos él no podría hacerse cargo por la absorbente responsabilidad que tenía en el trabajo. Si ella deseaba realmente aquella mudanza, tendría que hacerse cargo del asunto casi en completa soledad, mientras su esposo se ocupaba de que no existieran otros inconvenientes como los económicos.
-Sabés que si se trata de hacerlo, lo podemos hacer, pero… -mientras la miraba, Khefren también buscaba esa complicidad intuitiva para explicarse con simpleza-, vos tendrías que hacerte cargo de todo el trámite. Tendrás que buscar a dónde nos mudaríamos, pero que no sea nada algo que no podamos costear, vos sabés a qué me refiero. Además, no alquilaríamos esta casa, si nos mudamos, vos entendés muy bien que tendríamos que venderla, porque a ninguno de los dos nos gusta eso de andar cobrándole a la gente por asuntos de alquiler, eso es algo que no haríamos como se debe.
Shue aguardaba sin despegar la mirada, en el silencio de sus labios nacía una afirmación que Khefren recibiría sin dejar de explicarle el procedimiento por el que pasarían para que esto sucediera. El café se había terminado en las tazas, hasta quedar en el fondo de éstas, un lívido color ocre líquido que se volvía más intenso en las orillas de la porcelana. Shue tomó la taza de Khefren y la dejó junto con la suya en el lavatrastos, mientras Khefren regresaba a la sala para abrir de nuevo el periódico, sin agregar más comentarios sobre el tema.
-Yo podría hacerme cargo sin ningún problema –dijo Shue al regresar a la sala, sentándose al lado de Khefren-. Sólo que me llevaría a Ulises para que me acompañara, así también él podría ayudarme a escoger el mejor lugar.
Khefren escuchaba lo que decía su esposa mientras seguía leyendo los titulares de las noticias, no la miraba ni siquiera de reojo para confirmarle con ese movimiento que estaba poniendo atención a lo que hablaba. Shue seguía aclarando ciertas cosas para que él no elaborara alguna intriga por desconocimiento de éstas.
-Necesitaría un poco más de dinero para sacar unos anuncios en los clasificados de inmuebles. Así sería más fácil vender el asa. ¿Qué pensás, me darías el dinero para todo eso?
-claro, ya te dije que vos estás encargadaza de esto. Yo sé que no malgastas nada de lo que tenemos. Sólo averiguá cuánto cuestan esos anuncios y me avisas para que te dé lo que necesitás para pagarlos.
Shue lo miró con tranquilidad sin que él despegara los ojos del tabloide para darse cuenta que aquellas pupilas de cristal micerino le entregaban algo más que un simple gesto de respeto. El sonido del timbre de la puerta deshizo la inmovilidad de Khefren, volteó los ojos hacia su esposa, y ella respondió a ellos poniéndose de pie, reconociendo en aquel sonido la llegada de Ulises de su visita a la casa de su amigo. Abrió la puerta que da hacía la calle y Ulises entró como una ráfaga para lanzarse a los brazos de su papá, sin recordarse de dar las buenas noches. Shue cerró la puerta sin darse cuenta de lo que Ulises había dejado de hacer, preocupada por planear y hacer los espacios que necesitaría para lograr la venta de la casa en el menor tiempo posible.
Parte de los territorios de Holanda fueron tomados de los dominios del mar por la planificación e inteligencia del hombre, con la evidente ayuda de la tecnología. Cuando el mar se dio cuenta de que perdía terreno, comenzó a buscar otros lugares para compensar sus pérdidas, así podía volver a su antiguo equilibrio que le era necesario, inherente. Así también demostró la humanidad el grado de evolución que había alcanzado con gran rapidez. Antes de que el fuego fuera fuego era sol. Y el mar fue tierra y el océano un enorme corazón. La humedad era el rostro de la tierra, y a pesar de que el incontable líquido se establecía en las superficies superiores del horizonte, ahora ya no alcanzaba a tocar el valle donde el sol se detenía en una paulatina metamorfosis de color y aroma. Tal vez ya había sucedido esto antes, tal vez no, la certeza no podría ser afirmada por una memoria fundada en la referencia relativa de la propia experiencia que se heredaba continuamente sobre los sentidos de la realidad. En el origen de todas las materias, la vida misma no poseía un sexo definido para autoreproducirse, ni siquiera podría reconocerse a sí misma, ni a todo lo que la rodeaba, su estado de ausencia y presencia era una etapa vital para darse a sí misma el empujón necesario de l existencia. Quizá después se vio rodeada de formas que recién descubría dentro de sí misma, y así cobró evidencia de la realidad, y se diluyo difundiéndose en los demás elementos que la circulaban para multiplicarse formidablemente hasta alcanzar un nivel de crecimiento que poseía sentido y razón. Pero había pasado mucho tiempo desde que inició todo, y lo que había sido al inicio ya no le era comprensible y menos aún, le parecía algo respetable o digno para que volviera a él. Entonces conoció el primer momento emocional de todos, el amor por seguir evolucionando interminablemente hasta que éste mismo estado que experimentaba se transformara en algo que sencillamente había sido pasajero.
-Por cierto Ulises, ahora que te miro, ¿qué te parecería si te dijera que nos vamos a mudar?
-Que no quiero.
-¿Ah sí? ¿Y porqué será?
-Porque no quiero. No quiero mudarme.
-Pero podrías tener más espacio para tus juguetes, para pelotear.
-No gracias, mis juguetes están bien así. Y para pelotear puedo ir al campo de atrás.
-Pero si ese campo parece desierto, ya ni tiene grama.
-No importa papá, nosotros ni nos preocupamos pro eso cuando nos ponemos a jugar.
-¿Ah no?
-No.
-Mira qué novedad… pero a donde nos iríamos el campo si tendrá grama, ahí si podrías jugar de portero sin que te raspes tanto las rodillas.
-Bah… en el campo de atrás me tiro igual, un portero es un portero papá, aunque sea el campo que sea… un portero es un portero.
Cuando Khefren se levantó a la mañana siguiente para prepararse para ir al trabajo, notó que Shue se quedó dormida en la cama más tiempo del acostumbrado. No quiso despertarla, era mejor que durmiera un poco más, todos los días que madrugar al igual que él. Se preparó un taquillo de cualquier cosa sólo para llevar algo en el estómago antes de salir de la casa. Por lo regular Khefren se levantaba antes de las cinco para tener suficiente tiempo para no toparse con ningún embotellamiento en el centro de las vías principales, el sabía muy bien que si salía de su casa después de las seis el retraso por la enorme cantidad de tráfico estaba prácticamente asegurado. Durante momentos como éstos Khefren podría admirar esa leve oscuridad que iba velándose sobre el cielo que podía ver por la ventana de la cocina. En lo personal a él no le parecía que realmente necesitaran de esa mudanza de la que tanto hablaba Shue, su mujer. Si ni siquiera tendremos otro hijo, se dijo, sólo así si creería que mudarnos sería algo indispensable. Pero ella está operada, yo también, y Ulises no es tan grande como ella dice. Cuando Khefren sintió que ya tenía algo en el estómago, vio que el reloj ya marcaba las cinco, fue al baño y se baño con la rapidez de costumbre, no podía estarse preocupando por pensar en la mudanza en estos momentos, sus actividades eran todas ajustadas al reloj para salir con tiempo suficiente para llegar hasta su trabajo que se encontraba en la otra esquina de la ciudad, que ahora representaba recorrer casi quince kilómetros de calle y semáforos. Cuando ya estaba completamente vestido, salió al estacionamiento, intentó abrir la ventanita de la puerta para vera la calle, pero cuando la giró hacia adentro sólo alcanzó a ver que estaba completamente obstruida la vida pro una pared. Sorprendido abrió la puerta del estacionamiento, y descubrió que aquella pared se extendía por todo el frente de su casa, haciéndole totalmente imposible salir a la calle, ¿cuál calle? Ahora ya no existía la calle. Inmediatamente regresó por la sala, pasó por la cocina y por el patio trasero de la casa se subió al techo para ver mejor que sucedía frente a su casa. Y desde que llegó a estar sobre el techo comenzó a mirar que desde aquella pared que había visto inicialmente se extendía un techo parecido al de su casa, avanzó hasta el final de su techo, en el frente de su propia casa, y donde se suponía que debería estar la calle de ingreso a la colonia, y por las distintas bifurcaciones que ésta tenía desde esta curva, ahora eran casas igualitas a la de Khefren. Es decir que la calle no existe, que casa frente a casa, nadie podía salir por ningún lado, porque todas las paredes tapaban las puertas casi en forma interminable, y el único lugar por el que podían moverse era por el techo. ¿Cómo pudieron construir esas casas sobre al misma calle en una sola noche? ¿Nadie puede hacer tal cosa? Tendría que escucharse la maquinaria trabajando en las construcciones. Khefren se preguntó de forma casi inconciente todo lo que se podría imaginar acerca del origen de las construcciones. Algunas de las cosas que se preguntó resultaron ser ilógicas… pero estas casas construidas justamente sobre la calle de acceso a las demás, también lo eran. ¿A qué idiota se le ocurre hacer esto? No sabía si lanzar golpes sobre el techo que tenía enfrente y no sabía ni a quién pertenecía, o bajar a contarle a su esposa de esa idea de la mudanza ahora resultaba prácticamente imposible. Entonces decidió caminar sobre los techos hasta encontrar dónde podía quedar el resto de la calle, así siguió caminando por mucho tiempo, por mucho tiempo sin lograrlo.
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