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sábado, 14 de mayo de 2011

EL INSOMNIO PERRO

EL INSOMNIO PERRO
(1999-2002)


Casi dormir, casi cerrar los párpados hasta que todo sea indefinido y oscuro y no recuerde, casi olvidar lo que sucede por mis sentidos y me provoca no tener recuerdos. ¿Ahora realmente qué puedo esperar? ¿Cómo iba yo a saberlo, díganme ustedes, cómo podría saberlo? ¡Yo no soy adivino maldita sea!

Casi después de todo el tiempo esto es lo que pasa. Te dicen que ya no te desean verte la cara por la casa, que mejor te busques otro lugar. Y bueno, qué podés hacer… no queda otra solución que encontrar ese lugar. Cómo, dónde, a cambio de qué, son preguntas que al final no importan para los demás. Sentí que me quitó el suelo que pisaba, sentí que tenía los zapatos sobre el vacío cuando me dijo que ya no podía quedarme más en la casa. ¿Quedarme? ¡Gran cosa! Si ya ni era mi casa, ya en realidad dejó de serla desde hace mucho tiempo, y me refiero a demasiado.

¿Y dónde podría quedarme ahora? Los amigos… ellos me habían dicho que no podían.
Por la familia, nos echarían a los dos, vos sabés de esto manito.
En la mía, sería sólo por un día, es decir por una noche, y eso a vos no te alcanza. ¿no es así? Después ¿qué harías? Otro día en otra casa y así indefinidamente. Lo que tenés que encontrar es un lugar seguro, un hotel, o un cuarto para alquilar, y yo no te lo puedo ofrecer, aunque intentara hacerlo.
No sé si eso que me respondieron los haga mejores amigos o no. Tal vez no. Pero de todas formas el asunto del lugar seguía siendo una prioridad. Cuando ella me dijo por la mañana “espero sinceramente que no te molestes en regresar, porque esta ya no es tu casa, si buscás desde temprano tal vez encontré dónde guardarte por las noches, aquí ya no hay espacio para vos”.
Todas las cosas podría llevármelas después, eso no me preocupaba. Y aún así, sabiendo que necesitaba espacio, fui a estudiar, la universidad me absorbería sin darme cuenta y las preocupaciones que llevaba desaparecerían sin mucho esfuerzo si pretendía como mis otros amigos de que todos los desastres personales los dejaba en la entrada de la universidad.
Esta primera noche en la calle no fue difícil pasarla en la casa de algún amigo. Sólo necesité acompañarlo y emborracharme junto a él, Hasta que llegando el momento de las despedidas, le comentara de la imposibilidad de llegar a mi casa porque [ya no tengo dinero, y sólo sería por esta noche], y así nadie se complicaba más en explicaciones o en esa lástima inútil que odiaba recibir de mis propios amigos porque me parecía una ofensa y una falta de respeto.

No hay mucha diferencia entre dormir una noche en un lugar o en otro, cuando le perdés sentido a lo que significa el hogar, o la casa, como muchos acostumbran llamarla, sinceramente no existe diferencia si es en cualquier sitio. Lo primordial es que los ojos se cierren y todo se desvanezca de los sentidos para no tener ninguna forma cómo recordar o recibir algo de memoria. Pero el insomnio es lo más perro que te puede llegar en esos momentos, por dentro te comen las ganas de levantarte y perderte, confundir el cuerpo por las calles hasta que el alba y el cansancio te golpee en la sien para besar el aire gélido del amanecer, y respirar la posibilidad de que la siguiente noche no termine igual, pero el tiempo sigue, sigue y permanece el insomnio. Y escuchás que nadie habla, que todos callan preguntándose qué diablos hacés vos en ese lugar. Así se hacen los días y no le encontrás solución a todo el asunto, pensás que regresar significaría algo importante para los que te echaron, pero quién lo sabe con certeza. Y para volver te faltan muchas cosas, y entre ellas necesitas perder el poco sentido de dignidad que te queda en el alma, o en las entrañas, como se llama.
Pero también se acaban los favores y es preferible ahorrarse las explicaciones de que has buscado dónde quedarte de forma fija, pero que aún no has encontrado dónde, y el tiempo, otra vez, largo e indefinible se te estira como la tripa de un coche y a pesar de que sólo han pasado dos días, no te alcanzan los sentidos para hallar el límite de esta continúa revisión de las horas sobre tus labios y sabe como a agua estancada e inmóvil que ya ni siquiera te permite hablar con tranquilidad, para pretender que los desastres siempre se quedan afuera de todo lo que es la convivencia pública. Y mientras me doy cuenta de que faltan tres horas para que la noche separe los intereses de cada uno de mis amigos, no sé dónde está ese lugar que fue hecho para mí, si es que existe en el mundo algo parecido lo que busco. Y les digo a mis amigos que por fin hoy ya he resuelto el problema por el que les había causado tantas molestias en sus casas, aunque sea una mentira. Con las triviales excusas que la amistad necesita para seguir siendo lo que es, comprendo qué soluciones podrían ser funcionales para este momento. Ninguna de ellas me parece muy buena, pero con intentarlas sólo puedo perder lo que me queda, que es muy poco. Tomé dos cigarrillos cuando la cajetilla pasó por mis manos en la habitual repartición del tabaco entre mis amigos, uno para ahora, en estos precisos instantes y otro para después, por si las cosas no salen como me imaginaba por lo menos estaría preparado de alguna manera. Mis amigos sintieron más alivio que otra cosa, cuando se enteraron de lo que recién inventaba, porque aún si ellos no me lo decían, otro día en sus casas era algo que sobrepasaba el límite que ellos mismos llegaban a tener. Era suficiente que miraran con ojos esquivos para entenderlo sin preguntas. Eso era así ahora.

Me senté en uno de los espacios jardinizados que tenía el Campus Universitario, y esperé. Todos mis amigos iban por sus caminos, aglomerándose con otros estudiantes como ellos, indescifrables si iban en grandes números o cuando estaban solos, nadie deja de ser como una piedra, es decir, que no se sabe qué tiene dentro hasta que se rompe por alguna razón. Después de una hora tendría la soledad suficiente para buscar un lugar idóneo para quedarme, sin que nadie me viera y con el riesgo de que la seguridad interna de la universidad llegara a encontrarme.

Me habían contado de un edificio que no tenía servicio de vigilancia, por sus escasas instalaciones y porque estaba rodeado por otros edificios casi del triple de tamaño que éste y que de alguna manera, no se habían tenido nunca noticias de que en este pequeño edificio pasaran problemas.

Ese edificio era mi objetivo desde el momento que me recordé de aquellos comentarios. La iluminación de los alrededores era demasiado escasa como para que alguien pudiera verme. Cuando ya había pasado la hora de esperar casi escondido entre las sombras de los árboles de esa área del Campus Universitario, caminé atento a cualquier movimiento que me alertara de alguna presencia. Mis sentidos se agudizaron al máximo como nunca antes se hicieron más sensibles: a un cambio de luz, a una sombra moviéndose entre la oscuridad. Crucé el corredor del parqueo y vi una tenue iluminación en las puertas donde debía pasar con rapidez y agilidad para lograrlo. La puerta metálica, hecha con angulares de hierro, sólo tenía sobrepuesto el candado en la cadena. No necesité quitar el candado para mover la puerta, la empujé con fuerza y lentamente, lo exacto para que mi cuerpo pasara de costado por ella, y después la regresé a su posición original. El pasillo del edificio seguía con luz eléctrica, los tres estrechos niveles del edificio. Todos los salones estaban cerrados con llave, el único lugar que por costumbre permanecía abierto, era el baño. Tal vez para logar que el hedor concentrado de los residuos de los estudiantes pudieran ventilarse durante la noche, por lo tanto, sólo ahí podría quedarme a dormir. Antes ya había soportado situaciones más complicadas, pensé. El insomnio regresó como las dos noches pasadas sin dejarme pegar ojo por más de una hora seguida. Pero lo que realmente necesitaba tener era espacio, un lugar, donde sabía que nadie podría interrumpir este intento por perder un poco de esa preocupación que sin darme cuenta comenzaba a extenderse más de lo que había llegado a imaginar. Como a las tres y media fumé el cigarrillo que había guardado. Realmente resultó una solución temporal que alejó ese cansado cabeceo en el que me había encerrado en una inercia casi inconsciente. El tiempo que faltaba para la mañana se esfumó en un parpadeo. El trabajo me esperaba y seguía con la misma ropa, con la misma expresión de incredulidad que me dominaba. Antes de que dieran las seis de la mañana salí del edificio. Por lo menos que quedaban más de doce horas para buscar otro lugar, sino es que no me quedara otra solución que tomar el tiempo.

A todos les pareció gracioso verme con la misma ropa por tres días. Lo supe desde que les vi esa risa mordida en los labios al saludarme en la mañana, así es el trabajo de vez en cuando, si no fuera así, no sé quizá todos seríamos otra cosa. Yo pretendí ser indiferente a todo, dejé mis asuntos en esos breves momentos cuando mis pupilas encontraron un abismo de ausencia. Sentí que estas horas de trabajo pasaban mucho más despacio que las horas vividas la noche anterior en aquel baño. No comí durante la hora de almuerzo, me perdí por las calles del centro viendo tonterías y caminando sin rumbo fijo, lo que hacía era gastar el tiempo de comer, borrarlo de mi estómago para no sentir hambre. Cuando regresé al trabajo había un grupo de compañeros platicando, que al verme inmediatamente se dispersaron como si les hubieran echado insecticida para asustarlos. Y estas horas de la tarde se hicieron menos cortas. Y yo me sentí menos real, por el hambre, por la cercanía nuevamente de esa incertidumbre. Dentro de mi hice ojitos de cangrejo para soportar lo que aún faltaba del día. Después regresé a la universidad como si en esa rutina perdiera relación conmigo mismo y con los demás y todo se reluciera a una insignificante renovación de la indiferencia. Hoy es viernes y las cosas cambian de dimensión los viernes, o por lo menos así lo intentan los estudiantes más liberados. Cuando encontré de nuevo a mis amigos, noté la misma expresión de inseguridad en sus rostros al verme igual que ayer. Entonces se dieron cuenta de que todo el asunto supuestamente resuelto había sido sólo una invención, al menos ingeniosa, para no molestarlos más.

Después del último curso, salimos en grupo. Todos mis amigos pretendieron tener una solución para esta mi desgracia. Pero se me subió un poco el orgullo, por mil razones que no tienen valor. Y en ese estado de supremacía aparente rechacé las ofertas que me hacían para esta noche. Todo se acaba tarde o temprano, y si se acaba…
Me interrumpió mi cuñada justamente cuando me disponía a darles un pequeño sermón acerca de lo que para mí era la molestia que es estaban tomando en un asunto que no era responsabilidad de ellos. Mi cuñada habló con rapidez y seguridad. Su hermana, mi esposa, quería que regresara, que el asunto podríamos hablarlo en la casa, sólo tenía que regresar para que esto fuera posible. Lo que hice fue lo único que me quedaba por hacer…

Óigame usted muy bien… cómo espera usted que tenga noción de quién va a o viene, si son demasiadas personas las que suben desde la universidad. Yo me los llevo como puedo, porque tampoco los puedo dejar tirados, porque aunque ninguno me crea, yo tampoco soy un animal como piensan muchos. Si ellos se suben yo los llevo, para eso estoy en esto, media vez paguen el pasaje, hago todo lo que puedo porque lleguen rápido y lo más tranquilos que se pueda, aunque usted mismo sabe, la competencia, la necesidad de estar lo antes posible porque tiene que tomar otros buses para llegar a sus casas. Pienso que esto es una equivocación y que usted pierde el punto de vista real del asunto al pensar que yo sería capaz de hacer algo así intencionalmente. Personalmente no tengo nada contra ellos, aunque me mienten la madre, me digan “serote”, para qué le digo lo que ya sabe que me dicen. Si iba un poco a prisa, pero no era demasiado, la velocidad que llevaba era la normal, todas las noches lo hago con la misma velocidad. Sólo así puedo llegar a tiempo.
Ya se lo dije antes, no lo vi, muchos se han subido sin que yo logre enterarme. No se vaya a molestar pero yo no tengo ojos en la espalda, y en las orejas para verlo todo. Casi siempre me avisan con un chiflido o somatan la burra, siempre se las ingenian para avisarme de que sucede algo, entonces yo volteo a ver por el retrovisor. Yo tengo que guiarme por esas señales, no me queda de otra, yo también tengo un hijo estudiando en la universidad, no se crea que no sé lo que es estar en estos lugares. Por eso siempre hago todo lo posible por cuidar a mis pasajeros. Pero un accidente ¡quién va a adivinarlo! Yo sólo sentí que las llantaza traseras del bus pasaban como encima de una piedra, y los gritos y los golpes de los demás estudiantes sobre mí, y las amenazas y las maldiciones. ¿Qué iba a ver yo con tanta gente adentro de la burra? ¿Dígame usted? Si usted estuviera en mis zapatos por lo menos me creería que no se puede ver nada así…
Ahora usted me dice que sí me avisaron. Que una mujer grito antes de que arrancara, pero la verdad es que no la oí. Es la verdad… ¡No la oí!

miércoles, 11 de mayo de 2011

SESIONES PARA ALCANZAR LA ETERNIDAD

SESIONES PARA ALCANZAR LA ETERNIDAD
(1999-2002)


A Jair, Salvador, y Manuel


Las máquinas de escribir se convertían en estatuas de sal después de que los últimos estudiantes del curso de mecanografía las abandonaban con la satisfacción de que casi estaban por terminar el curso, que en ciertos momentos les pareció casi interminable, cuando la presión de la velocidad versus tiempo se volvía algo de vida o muerte para no pasarse otro año metido en este absorbente salón donde el sonido se hacia ciclos incontables por los sentidos más despiertos después de la acelerada rutina de volverse sobre las cuartillas en blanco, sobre las numerosas tareas pendientes para obtener la nota máxima y necesaria para recibir el diploma que al final del tiempo sería sólo una víctima más de la polilla y su constante evolución en el ecosistema urbano.
En filas de cinco máquinas por cada una, las seis filas se miraban rígidas y frías desde el umbral de la entrada, o desde las ventanas, viendo el salón desde el lado de la calle. Y la maestra, alta y solemne, gorda, miope y soltera, como una torre insalvable al momento de querer la salida de la clase, indiferente viendo sobre su escritorio todas las hojas de práctica que los alumnos dejaban para que las evaluara día a día, rodeada sin darse cuenta de la leve penumbra del salón cuando la tarde se inclinaba sobre el horizonte para tragarse rápidamente toda la claridad que podía existir.

No te vayas a creer que la clase te será fácil sólo porque eres el único estudiante de las calases de la mañana. ¿Está claro? No quiero que después me traigas a tu mamá para que reclame. Bien, comencemos con la clase […]

Todas las mañanas debía asistir a esa clase de mecanografía. Y para mi desgracia era el único estudiante que se había inscrito en la academia a esa hora. Todos los demás jóvenes de mi edad lo hacían por las tardes, pero eso porque ellos estudiaban por la mañana, en cambio mi rutina era al contrario, al revés, yo tenía que ir primero a la meca y luego a estudiar por la noche. No dejé de estar molesto por tener este itinerario inestable. Si no hubiera sido porque en el instituto se les ocurrió poner cantidades límites de estudiantes podría haberme inscrito por la mañana como mis demás ex compañeros de grado. Nunca me gustó la soledad, y menos en estas circunstancias, cuando la maestra de meca si venía enojada podía desquitarse conmigo con una tranquilidad que incluso yo mismo me sorprendía, porque en cierta forma mi indolencia por lo que hacía indirecta o directamente para desahogarse conmigo de todos sus problemas personales sólo había sido el resultado de la poca importancia que tenía esa clase y lo que sucedía dentro de ella.

El primer día que llegué a la academia pensé que encontraría a muchos jóvenes de mi edad con quienes podría pasarla bien después del curso o también dentro de éste. Pero cuando descubrí que yo era el único que se había inscrito por la mañana, me cayó un balde de agua fría sobre el rostro y me dio la impresión de que mis propios amigos, es decir, sus emanaciones casi fantasmales eran los que lanzaban ese helado chorro sobre mi rostro para que se me parara el corazón antes que fuera dominado por el aburrimiento. Otros de mis compañeros que tampoco logró apuntarse en el instituto por la mañana, y ahora también me hacían compañía por la jornada de la tarde, estaban en la academia pero los días sábados, otros tomaron el día domingo, a esos los llamamos “los Miseros de la Santa Tecla” por eso de misa los domingos y tecla de máquina. Quería tomar el último lugar del fondo en la fila media, la número tres, no importaba si se contaba de derecha a izquierda o al revés, siempre era el mismo número medio de una cifra redonda. Cuando entré a la academia, la maestra me dijo que escogiera dónde prefería sentarme, ya iba caminando para el fondo del salón cuando me detiene con un “shhhtt…” y me señala con su mano el lugar que se encontraba hasta delante de la misma fila tres y como si no reconociera yo la orden pretendí no ver esa señal con su mano, después volvió el “shhhtt…” con más agresividad y luego regresé a donde me ordenaba, pero para alegrar el asunto caminé de espaldas regresando sobre mis pasos, como una negación que afirmaba mi deseo y al mismo tiempo buscaba una reacción, fuera cual fuera, de la maestra que me miraba caminar de espaldas y que no le encontró la gracia a lo que hacía. Guardó silencio por unos cuantos segundos hasta que decidió quitarse del lado de la pared que daba a la calle y que ella miraba por las ventanas, para sentarse en su escritorio, con lentitud y metodismo casi anacreóntico. Me miraba fijamente sin pronunciar todavía alguna palabra, y al mismo tiempo con su mano izquierda abría la ancha gaveta superior del escritorio, desde el lugar donde yo la miraba, no alcancé a ver el contenido de esa gaveta, sólo veía parte del brazo y antebrazo moviéndose como la pala hidráulica de un tractor industrial, hasta que mostró sobre la mesa del escritorio un libro de color verde o amarillo… lo que sucedía en realidad es que eran dos libros, uno amarillo y el otro verde, uno era de ejercicios en la clase, el otro de ejercicios en la casa, cada uno con una completa introducción de lo interesantísima que podría resultar esta clase para toda la juventud entusiasta [baahhh…] dije dentro de mí cuando las palabras se agruparon en esa idea que por lo menos para mí no era cierta. Este curso de la meca no me gusta, ya se lo dije a mis padres, a ellos no les interesa tomar en cuenta lo que les digo, pero tampoco por eso me voy a quedar callado como si no pasara nada. Y así desde este primer día de la meca entendía lo complicado que iba a ser obtener ese cartón, que por lo menos si era necesario para pasar al otro grado. La maestra me ordenó que leyera las introducciones, presentaciones, notas del autor y las recomendaciones de los dos libros que me había entregado. Tal vez me lo dijo porque no tenía idea de lo que podríamos trabajar en esta clase, o porque la rutina de todo esto iniciaba con las presentaciones protocolarias de los manuales de trabajo, de alguna forma no podía disimular que los leía porque siendo el único en el salón, con un leve movimiento de las retinas yo era el blanco de la mirada de la maestra, quien no me perdía de vista más de un minuto. Así que me tuve que enterar de los deseos del editor por la juventud, de su aparente pestalozzismo en estado primitivo, y las aclaraciones de producción, estudio, y convicción que el autor confiaba a los lectores para que tuvieran la intimidad suficiente como para recomendar el libro y así venderían los originales y no las copias pirata, como advertía el autor con una amenaza apocalíptica en cuanto a la defensa legal que lo amparaba, por si llegaba a agarrar al desgraciado que le robaba su idea de forma descarada, esta parte fue al único que me gustó, es cierto.

No sé realmente cómo podré soportar estar así de aburrido todos los días del año, porque son casi doscientos días los que estaré en este lugar, y lo único que me salva de la muerte es que puedo descansar los fines de semana, porque si no les juro que soy capaz de matar a la maestra en un ataque de locura, no sé no creo que tenga paciencia para éstas cosas y menos para estar soportando sus revanchas personales sobre mí.

Me dice que el libro de ejercicios en la casa no lo aplicaremos todo, sino sólo algunas partes, las más indispensables para que logre mi aprendizaje con rapidez y exactitud y precisión, y qué demonios pasa que estoy frente a la máquina presiono una tecla y aparece la mancha de una letra que no era la que debe aparecer en realidad, qué pasa, mis dedos tiemblan y se gastan sin acertar a colocar las palabras y sus letras en el orden en que deben estar para que los demás las entiendan, pero no es que lo haga a propósito, lo mío no es la meca, no, lo mío es la tecnología de vanguardia, los sistema de comunicación por medio de la voz, los que ya ni tocas con las manos para que reaccionen a tus órdenes y actúen con una potencia impresionante. La maestra seguramente no sabe mucho de esas cosas, creo que ni las conoce, ahí me gustaría verla, en un laboratorio con equipo de última generación en tecnología digital, ahí si estaría a mi merced. No sé, desde acá tampoco se mira tan abandonada como parece, tal vez si conoce todo eso que me gusta, pero talvez para ella eso no es algo sorprendente.

La primera semana me la pasé aprendiendo la posición de cada dedo en la orientación estratégica de cada una de las teclas que cada dedo debería de pulsar con velocidad y precisión al momento de terminar la clase, pero que en estos momentos se volvía un juego de reacción casi atolondrada donde las equivocaciones iban aumentando a medida que el rodillo avanzaba sobre la línea de manchas letras sobrescritas en otras letras y la repetición del ejercicio en la siguiente línea sólo se convertía en la confirmación de los errores de la anterior. Es desesperante pasarse una hora completa equivocándose, sino se aguanta uno la rabia, bien podría tirar la máquina al suelo, de la frustración. Las hojas estrujadas y echadas a perder se amontonan dentro del cesto de basura, de más de seis hojas, ni una sola se ha terminado en limpio. Y la maestra de meca mira con tranquilidad la desesperación que tengo por lograr que las equivocaciones no interrumpan mi rutina. Así, con ese continuo choque con los errores cualquiera siente que el tiempo nunca pasa y que la clase terminará en realidad hasta que deje de equivocarme por lo menos con una sola hoja. Y cuando termina la hora, casualmente es cuando mejor va saliendo todo y lo que iban bien lo dejas pendiente para el próximo día, por lo menos esto terminó hoy.

Prefería estar internado en uno de esos colegios donde sólo tenés permiso para salir los fines de semana, en lugar de estar metido en ese curso de meca por una hora que cada día se me volvía más difícil de lo que imaginaba. Por lo menos en ese internado estaría con amigos, aunque tuviera que formar esas amistades nuevas eso sería mucho más fácil que ver a la maestra frente de mí, casi inquisidora de todos mis movimientos, de cómo miro hacia la máquina de cómo me equivoco y trato de disimularlo con la mayor discreción posible para que no se levante de su silla y se acerque a mi máquina para reírse disimuladamente de mis fallas.

Todos mis amigos creían que me había vuelto loco al seguir en aquella clase, sabiendo que no me gustaba y que el aburrimiento me mataba. Todos me decían que inventara algo para no seguir llegando a la meca, que acusara a la maestra de prepotente y abusiva conmigo, pero ya mis padres sabían que cualquier cosa que dijera no iba a cambiar la situación, al contrario, me los pondría en contra. Además yo sabía muy bien que mi familia no estaba en condiciones de cambiarme el día de clases, porque representa un gasto impagable en estos momentos, y por eso trataba de soportar la situación lo mejor que podía aunque me resultara en un dolor de cabeza cada día, el que no podía quitármelo de encima hasta que oía el timbre del recreo por la tarde, y salía al patio a jugar con mis amigos.

A mitad del año, todos mis amigos tenían la idea de que la clase en realidad me gustaba, no por la clase en sí, sino por la maestra, porque tenía la oportunidad de aprovecharme de la situación para tener privilegios con ella… ¿Privilegios? ¿De qué tipo? Me preguntaba. Y ellos siempre contestaban “Vamos, vos sabes cuáles… acaso no te das cuenta de que siempre llega con sus falditas. No me vas a decir que nunca le has visto las piernas. No decís que te sienta frente a ella, desde ahí podés verle todo, o me vas a decir que no se lo mirás… Bah… vos porque tenés miedo de levantar la cabeza para verla. Pero nosotros siempre nos damos la grande, más el bizco, que usa tu lugar cuando vamos nosotros.” Realmente no entendían que esas ondas, por lo menos en ese curso ni me llamaban la atención. Si estuvieran aunque sea una semana en esa clase solitarios por la mañana, se darían cuenta de que todo intento es inútil por sacarse de la mente ese silencio, esa sensación de que el tiempo no acaba y el salón te ahoga, como si te tragara una ballena. No es como en el instituto, que por lo menos podés espiar de reojo y es muy difícil que se den cuenta porque como somos muchos, casi siempre hay alguien viendo, buscando algo que nos haga perder la noción de que las clases son algo rutinario. Y así mis amigos nos dejan de creer que si miro pero que no les quiero contar la verdad, y que hasta he logrado tener algo con la maestra, aunque esto es algo que no deseo negar, ni molestarme en explicarles si es falso o no. El ejercicio continuo me ha permitido lograr muchos avances, casi el doble del que han logrado los demás, pero la maestra nunca me lo dijo mientras estuve en su clase, sólo se los decía a sus demás estudiantes, cuando estaba con ellos y se refería a mi como el de la mañana hace mejor las cosas que muchos de ustedes, así que a practicar, sigan escribiendo en la máquina, no quiero escuchar un solo segundo de silencio, el sonido de las teclas tiene que seguir hasta que termine la clase. Así fue como me gané la envidia de muchos, y no digamos el enfado de mis amigos. Hasta el instituto llegó éste rumor y así fui perdiendo la fama de estudiante rebelde hasta que se consideraba el preferido de la meca. Los grupos de estudiantes del instituto se formaban en el recreo y cuando me acercaba para unirme a ellos, rápidamente se separaban para dejarme otra vez solo. Yo me enteré de todo esto hasta que la cerebrito de la clase se acercó a mi escritorio y admirada en cierta forma de mi aparente cambio, pensó que sería un renacimiento mío que ella podría apoyar con agrado, ciertamente pensé que ella se había aliado con los demás para jugarme una broma, pero cuando me dí cuenta que el asunto iba en serio. Porque me miraba con ojos de asombro que no lograba quitarme de encima, y comenzó a seguirme como si solo conmigo pudiera platicar en el instituto, y la verdad era que ella no se mantenía mucho con las demás estudiantes, casi siempre me aburro con ellas, decía. La hice cómplice de mi soledad sólo porque miraba cómo iba perdiendo la compañía de mis amigos, si hubieran sido otras las circunstancias ni loco hablaría con ella, es como ver el agua y el aceite intentando mezclarse.

Los rumores de que mi relación con la maestra de meca eran indudablemente íntimos, fueron creciendo más y más, hasta que llegaron a ponerme “el maquinito” porque ella podía hacer conmigo lo que le diera la gana. Todas las burlas que corrieron por el instituto se hicieron cada vez más ofensivas, pero yo nunca me enojé por éstas, todas me parecían cosquillas a comparación de lo que tenía que pasar todas las mañanas en el curso de meca. Me había hecho inmune a esos ataques que incluso la evidente desinformación de todo lo que pasaba podía servirme para que todos los demás me vieran distinto, me reconocieran al momento que llegaba y se tomaran la molestia de hablar sobre mí y mis aventuras solitarias, y las demás compañeras del instituto lentamente comenzaron a mirarme como el único que ya había conocido el mundo adulto, lo cual despertaba en ellas esa nueva curiosidad sobre la vida, muchas de las que estudiaban por la mañana, buscaban la manera de escaparse del día de clases, inventando cualquier excusa, para husmear por la academia tratando de averiguar si eran ciertas todas las cosas que se aseguraban de mí. Y siempre que los miraba pasar por el frente de la academia me daban una gran envidia.

La verdad es que no sé cómo terminé el curso de meca sin volverme loco del tedio. Y el libro que me había dado la maestra al inicio de la clase ya lo había terminado casi un mes antes que los demás, y fue entonces cuando sentí que esto no terminaría nunca, porque durante los siguientes días me la pasé repitiendo los últimos ejercicios del libro lo que me ponía con humor de perros. ¿Por qué no me dejó descansar hasta que llegara el último día, y sólo me daba el cartón? No, tenía que llegar aunque sea a calentar el lugar. Ni siquiera les dije a mis amigos de que había terminado el curso antes que ellos, terminaría con la poca confianza que aún me tenían. Con el revuelo que alcanzó mi experiencia matutina en el curso de meca, al siguiente año muchos estudiantes rogaron a sus padres que los trasladaran a la tarde y los inscribieran en curso de meca por la mañana, pensando que serían los únicos en asistir a esas horas, pero fueron muchos los que pensaron igual, que el terminó cerrando las inscripciones de la mañana porque ya habían llegado al límite de capacidad. Y la mayoría de los estudiantes que se apuntaron para la mañana en la meca se sintieron totalmente frustrados pro ver que habían sido engañados por mí, y sólo así entendieron que todos los rumores eran simples mentiras que había inventado para burlarme de ellos, aunque yo sabía que todo eso era falso. Yo no había inventado nada, ni había querido burlarme de ellos, aunque no niego que ahora disfrutaba de la noticia porque por fin ahora estaban metidos en los mismos zapatos que yo había tenido que ponerme y tuve que soportar en completa soledad. Algo que ellos no llegarían a conocer completamente.

jueves, 14 de abril de 2011

UN CUENTO SIN TITULO (2002)

A Rótulos Sinai
(Rafa, Werner, German, Saúl, El Maestro y Aarón)




¿usted piensa Qué?
Dijo el vendedor de productos al hombre que atendía la estación.
-No sé, a lo mejor... -se quedó pensando cómo se podría argu¬mentar bien una pequeña idea-. A lo mejor la señora se equivo¬có de muerto....
El Vendedor se le quedó viendo extrañado. Examinaba cada pa¬labra que componía esa frase. Veía a lo lejos, esa señora frente a la cruz de madera colocada en el sitio donde había falleci¬do el hombre hace pocas semanas.
-Quién sabe, a lo mejor el muerto es el "equivocado" –el que se ha equivocado-. Es decir, no debió morirse justamente aquí. Ahora quien lo miraba extrañado era el hombre que atendía la estación. Sin preocuparse mucho de lo que había escuchado.
-A lo mejor, usted dirá si me equivoco, los que están equivoca-dos somos nosotros y no ellos. Tal vez él es el muerto que debía morir se allí y ella quien lo debía de lamentar todos los días por la tarde. Y usted, que la ve algo extrañado desde aquí, justo a mi lado; y yo, que lo miro a usted y me burlo por dentro de lo que dice, nunca debía¬mos estar aquí, donde no debería existir más que dos personajes en la tragedia, y éstos son, la mujer que usted sigue viendo sin negar su prejuicio, y el muerto. Hasta donde ellos nos permiten equivocarnos, solamente participamos como intrusos -a lo sumo espectadores- de la tragedia. Viéndola, sin querer y siguiendo como si no nos diésemos cuenta de que nos equivocamos, como se equivoca cualquiera.
El Vendedor de productos no oía lo que el empleado de la estación le estaba diciendo, la constancia con que había visto llegar a esa mujer durante tres semanas seguidas, tan sólo para ver y colocar una velado¬ra frente a la cruz donde había muerto aquel hombre, le extrañaba so¬bremanera.
En las tragedias no hay equivocaciones -dijo el Vendedor de productos-, no nos podemos equivocar, además, nosotros ya estábamos aquí antes de que él viniera, é1 fue quien invadió este lugar con su muerte y esa mujer que viene cada día.
E1 hombre que atendía la estación seguía sin prestarle atención. No había escena más curiosa para el Vendedor de productos. Y el que atendía la estación ya se había marchado de ahí para atender a un automóvil impaciente, con el radiador hirviendo. El Vendedor de productos se fue acercando muy despacio a la mujer, las flamas de los veladores al frente de la cruz, temblaban por el viento del Norte. El cabello de la mujer, que le llegaba a los hombros, se movía levemente. El Vendedor de productos seguía avanzando hacia ella. Inconsciente de tal acto, seguía caminando el vendedor de productos, como si lo forzase el asombro, o la inexplicable presencia de una misericordia.

El día era eternamente tibio, el sol parecía derretirse entre las nubes. El viento rozaba los rostros con alguna fuerza. Empezaban a pa¬sar los autos apresuradamente sobre la autopista. El hombre que atendía la estación, sentado en una isla de concreto, recostaba su espalda en la bomba, cotizador del combustible, admiraba y contaba sin ánimo cada auto que pasaba desesperado. El silencio que iba dejando cada estela metálica en el ambiente que rodeaba a aquél hombre, hacía que se le acumulase en los ojos, algo como una nostalgia, el recuerdo breve de un sueño de la noche anterior. Con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, por medio de su tacto contaba cada moneda miserable que se le amontonaba y no le era suficiente ni para un refresco. Se nublaba el valle frente a la estación, siembras inmensas de maíz. Los autos pasaban frenéticos, el hombre que atendía la esta¬ción los seguía contando, no pensaba en nada más, el número sin un significado se iba sumando y caca unidad no representaba ni la muerte del que las sumaba. Empezaban a caer gotas solitarias de una promisoria lluvia. A lo lejos, en el horizonte dorado y crudo, se acerca la tempestad, aumentando la fuerza de la lluvia, un rumor fresco se introducía en los oídos del hombre de la estación. El seguía sentado sobre la pe¬queña grada de concreto, viendo la humedad a unos cuantos pasos de dis¬tancia. Contando ahora las monedas que se encontraban en su bolsillo. Sobre sus brazos, pequeñas, atómicas, esquirlas de agua se impregnaban y aumentaban su sensación de frío. Veía la lluvia caer intensamente, te¬nía deseos de fumar un cigarrillo, pero cuando pensaba en eso, incon¬ciente, admiraba el rótulo colocado en la base de concreto, aquella alta columna de seis metros, en la cual decía "Prohibido Fumar". Advertencia justa, pero innecesaria para él. Los autos pasaban ahora lentamente frente a sus ojos, sin motivación de que se le propusiese algo más agradable, decidió fumar un cigarrillo, se levantó y se dirigió a la ofici¬na, caminaba, cada peso iba negando esa advertencia. Se colocó en el umbral de la entrada de la oficina y un hombre menos claro estaba sobre una silla y tenía recostado los codos sobre el escritorio, con unos anteojos enormes, quien en una boleta, aún sin percatarse de la presencia del otro, seguía anotando cantidades, notas, anécdotas, todo esto sobre la boleta con rayas. Después notó que la oscuridad del am¬biente disminuía la iluminación de la ventana que se hallaba detrás de él, metro y medio más arriba. y que por ella se filtraban algunos resquicios de agua. Si mucho quince centímetros separaban su rostro de la mesa, para sus ojos no había más que la libreta recortada y con rayas, aglomeradas en cientos de cuartillas inservibles.
El hombre que atendía la estación, oprimió el encendido de la luz eléctrica que se encontraba a su derecha. El otro hombre seguía co¬mo si eso no hubiera sucedido. Pasaron al menos quince segundos, de pronto, como si fuese sorprendido reaccionó, levantó la cara y observó con desgracia al hombre que atendía la estación. No sonrió el hombre sentado en el escritorio, callado, tenía un sentimiento de nefasta in-credulidad que rodeaba sus ojos. Volvió a su trabajo. El hombre que atendía la estación, no demostraba la misma reacción, esa misma de siempre, esa lentitud en los reflejos de este hombre le causaba cierta gra¬cia y aborrecimiento. En un bolsillo de la parte trasera de su pantalón buscaba la cajetilla de cigarrillos, intactos desde la mañana anterior. Sacó su caja y la desenvolvió, buscaba algún cerillo, tal vez un huér¬fano inflamable que se le hubiese perdido en la otra camisa, la que colgaba frente al hombre del escritorio, sostenida por la lámpara de piso.
Registraba en las dos bolsas, no había nada; le pasaba por la mente que podría, que podría preguntarle al hombre del escritorio si no ten¬dría por casualidad alguno. Pero no se atrevía, las relaciones con aquel hombre ni siquiera se reducían a una sonrisa y un saludo, los dos eran hipócritas. Además aquel hombre que reaccionaba tan lentamen¬te y tan indiferente, no sería capaz de fumar, ni de beber. Los labios apretaban el cigarrillo, la lluvia seguía alrededor de la estación, el hombre que la atendía, molesto, dejó caer el cigarrillo y frente a é1 como un bicho raro y grotesco lo destripó con la suela del zapato. Cuando terminaba de aniquilar a aquel bicho de tabaco, se introdujo un automóvil. Un modelo de auto muy peculiar, bajo la sombra que brindaba la estación, no se detuvo frente a las islas que proveían combustible, siguió de largo y se estacionó a una orilla, en el lindero donde una cor¬ta brisa rociaba el asfalto. El hombre que atendía la estación pensaba que sólo era alguno con problemas o inconvenientes mecánicos. El piloto se bajó del auto y comenzó a caminar al lado de la carretera y empezó a alejarse de la estación en dirección al Occidente. El hombre que atendía la estación se dirigió al automóvil. Mientras la lluvia comenzaba a claudicar, con los vidrios manchados, algo sucios por los resabios de alguna carretera comunal, y manchado de la brizna de la lluvia; el hom¬bre que atendía la estación observaba, extrañado, el automóvil que aún se encontraba con el motor encendido y las llaves puestas. Y para el hombre que atendía la estación, el recuerdo del hombre del automóvil, ya se había desvanecido. Dentro del automóvil en la parte del sillón trasero se encontraban unas fotografías viejas y manchadas con algo se¬mejante a moho.
Revisando detalle por detalle cara fotografía, trataba de elaborar una mentira que fuera lo suficientemente falsa, los suficiente para no creerla, como sucede con cualquier vida ajena. La primera fotografía que miraba, solamente se hallaba retratado un muelle viejo, el horizonte y un buque; en las otras, habla un niño, jugando a la pelota; jugan¬do a la ronda; durmiendo; y una con su aparente madre, quien lo tenía de lo alto sostenido por las manos. Era una mujer algo rubia y sonriente. Devolvió las fotografías al sillón trasero, buscaba incisivo algún detalle más verídico; menos manipulable, pero sólo había basura, colillas de cigarro, una botella de licor barato ya vacía, y algunas prendas de ves¬tir sin valor alguno. Debajo del retrovisor, colgando de la base de éste, una estrella de cinco picos, de color plateado, que iba girando lentamente mientras é1 la miraba. Nada de lo que allí dentro del automóvil se encontraba, ni le mentía en forma concluyente, ni le debatía con alguna verdad. El grado de escepticismo que sentía en el interior del automó¬vil, le incitaba cierta mala fé, alguna rabiecilla inútil. Salió del auto, se le había olvidado que el auto seguía encendido, ni se preocupó por apagarle. El piloto que se había marchado y por ese entonces ya no existía en la mente del hombre que atendía la estación. Quien lentamente friccio¬naba el cerillo y encendía su cigarrillo, recostado en el automóvil, sin preocuparse de nada. El día, mientras miraba para ningún lado, comenzaba a diluirse en círculos de luces fugaces que se vencían en el límite de los sembradíos, empezaban a correr hordas de aves, formando las sombras de falsas figuras. El cuarto cigarrillo en su boca denunciaba las horas tan miserables de este día, justo desde el momento en que dejó de llover.
Aquel hombre del escritorio que se mantenía con la mirada pegada en las cuartillas y el incesante zigzagueo de la tinta, apagó la luz de la oficina y salió, colocándose un paso después de ella. Y a lo lejos miraba al hombre que atendía la estación, el viento provocaba que el hu¬mo del cigarrillo se estrellase en el rostro, éste no mostraba alguna molestia; el hombre que atendía la estación observaba cómo los maizales se empezaban a teñir de mercurio y luz púrpura, combinadas levemente con un rubor naranja cerca de los últimos alientos rubios del horizonte. Tan callado y tan lejos, se decía el hombre que atendía la estación, cómo podría el evitarlo, cómo podría evitar que fuera de ése manera el cielo. De un momento de contemplación, el cigarrillo le quemó los labios, se le había olvidado que lo tenia aún en le boca, la reacción de soltarlo fue instantánea, entonces volteó hacía la estación de combustibles, tan vieja pero sin memoria alguna, y entre la puerta como un falso apóstol su¬perpuesto, la pálida y esquelética figura del hombre que siempre miraba hacía las cuartillas y el escritorio. De pronto volteó a verlo, recono¬ció el gris oxidado del automóvil, los vidrios sucios y cubiertos con algo de lodo, y la carencia de mentira o de verdad que poseía esa imagen. Para el hombre que atendía la estación la idea de que el piloto se mar¬chara y dejara el motor aún encendido no era suficiente prueba para provocarle una intriga superior a la de las fotos sin sentido, porque ni en el motor, ni en el automóvil, mucho menos en las fotografías, excep¬to una, existía la figura del piloto. Ni una leve agresión de la memoria. La única fotografía que le provocó una gran duda fue la del muelle, fotografía que sin darse é1 cuenta tenia en uno de los bolsillos traseros de su pantalón. Caminó hacia la autopista, donde la intensidad de las estrellas crecía, y sobre el asfalto no se notaba ni la presencia de una hormi¬ga. Por el otro lado de la carretera era mucho más desierto, sólo llega¬ban cantos que los pájaros esgrimían en un soneto a la noche, soneto amorfo, pero conforme a la propia naturaleza.
El hombre que miraba sólo hacia las cuartillas y el escritorio seguía en la puerta de la oficina, mirando lo mismo que el otro, pero tan distinto. Cerró la oficina, y con una insignificante señal que no parecía de despedida pretendió dar a entender que ya se marchaba, po¬cas palabras o ninguna cruzaba por su boca. El hombre que atendía la es¬tación lo miraba, sonrió sin desesperación devolviendo el saludo, acto sin valor por si mismo, ni necesario, pero tan inevitable como todos los actos que se daban ahí dentro, entre las horas que él recorría, siem¬pre callado, fumando cuando se podía, algunos tragos una noche cualquie¬ra, tal vez amanecer en sus ojos transformados en imágenes que parecían nuevas, que le provocaba repetirlas por esto, pero no se recordaba de que cada temporada, en momentos muy cortos, como éste por ejemplo, pensaba con alguna esperanza en sus actos, éstos actos, pensaba en reali¬zarlos de nuevo, y no percibía que sólo eran los mismos que por devoción o automatismo se negaba a recordar. Mientras la estela del hombre de oficina se perdía a lo lejos de la línea ciega de esta carretera, ya la noche postrada, sin quererlo sobre él, le solicitaba que encendiera la luz artificial de la estación Cuatro bombillos carentes de fuerza se despertaban y denunciaban la soledad de la hora continua.

Según recuerdo, me fui a las once de la noche y no había ninguna noticia acerca del piloto del automóvil. Y cómo usted se habrá dado cuenta, y por eso es que lo llamé, hoy en la mañana encontré el automóvil todavía en el sitio donde lo había dejado el hombre. Pero noté que tenía abierto el capó y al acercarme a ver si no habían intentado robar algo del auto descubrí que el piloto se encontraba adentro. Estaba totalmente pálido. Intenté abrir la puerta pero estaba cerrada por dentro. No quise romper el vidrio, no fuera que solamente estuviera durmiendo el hombre y me provocara sin ningún motivo un grave problema. Desde entonces lo he esperado para que usted proceda de forma como usted sabe, digo yo. Por cierto, Oficial, podría saber qué es del hombre, ¿qué tenía?
-Una sobredosis.
-De alcohol.
-No, se intoxicó con drogas.
-Pero si no habían drogas dentro del automóvil.
-El cargaba en alguno de sus bolsillos.
-¿No fue un asesinato entonces?
-No, fue un suicidio. Un estúpido suicidio.
-Estúpido.¿Porqué estúpido, Oficial?
-Porque no entiendo qué diablos tenía que hacer é1 en este distrito, ni en mi jurisdicción, no sólo estoy demasiado ocupado con eso de los linchamientos, ahora un loco y adicto que ni siquiera sé de qué drenaje se escapó. Por eso es estúpido.
-Y a mí, que me reducirá las ventas de combustible.
Usted lo que debe de hacer es una promoción para que se olvi¬den del muerto, es lo mejor.